domingo, 1 de febrero de 2015

¿Cultura o Derecho?

En la conversación cotidiana del venezolano nos encontramos con un pesado factor de autocrítica. Escuchamos las frases más pintorescas, nos catalogamos de flojos, vivos, corruptos... Y más que quejarnos, buscamos culpables y motivos por los que somos lo que somos. Terminamos diciendo cosas como que "los españoles eran flojos, y por eso lo somos" o que "la viveza la tiene el venezolano en la sangre". La verdad es que atribuimos nuestros caracteres a la biología, a la psicología y en general, a nuestra propia naturaleza. Lo que en términos sociológicos se conoce como determinismo: si somos así, debe ser porque tenemos que ser así. Y entonces la solución a los problemas termina asomándose de esta manera: la naturaleza determina nuestro ser, así que es nuestro deber modificar eso racionalmente. "Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y la venceremos", como dijo alguna vez el Libertador. 

Creemos, entonces, que es tarea de nuestra voluntad modificar "lo que la naturaleza ha determinado". Cada uno de nosotros, cada venezolano, en lugar de dejarse llevar por su instinto de viveza, de deshonestidad, por su intrínseco espíritu carente de moral, debe luchar incansablemente por crear una "mentalidad de colectivo", una forma de ver la vida según la cual se tenga en cuenta a los demás y sus necesidades. Dicen que debemos dejar de ser poco solidarios, de comportarnos de manera "individualista" y velar sólo por nosotros mismos, sin tener en cuenta a los demás. En conclusión, equiparamos completamente individualismo y egoísmo; y además culpamos de ello a nuestra propia naturaleza. A todo ello termina denominándosele cultural, por lo que la flojera, la corrupción, la viveza y la deshonestidad terminan siendo inherentes a la "cultura venezolana", y ésta termina entendiéndose como causa y no como consecuencia de los problemas. 

Sobran las comparaciones entre ésta y otras llamadas "culturas". Oímos estadísticas de toda clase para soportar estos argumentos: que "en Finlandia, el tanto por ciento de las personas trabaja tantas horas", que "en Suiza, el tanto otro por ciento de las mujeres sufre un embarazo precoz", que "en Noruega, el petróleo se usa de tal y tal otra manera", e infinidad de ejemplos más. 

Pensemos, ahora sí, en términos de naturaleza humana: ¿cómo es el hombre si nada a su alrededor lo constriñe? Libre. ¿Y existe algo que naturalmente lo constriña? Pues sí, precisamente las fuerzas de la naturaleza: las condiciones adversas, los peligros y, sobre todo, sus propias necesidades. ¿Y cómo satisface estas necesidades? Con instrumentos que halla a su alrededor y se apropia con ese fin. Ésa es la única verdadera naturaleza humana: la Libertad, por otra parte imposible de ejercer sin la existencia de la Propiedad

Aquella Libertad, absoluta en principio, la cedimos parcialmente al Estado para proteger el resto y no quedar desamparados. Pero sucede que el Estado, para poder cumplir con su objetivo, debía tener una existencia distinta a la de los individuos: la capacidad que se le otorgó de imponer su voluntad se fundamenta en que, al hacerlo, es a todos los individuos a quienes protege y no sólo a un grupo. Y para ello se hace necesario separar, en abstracto, el interés de todos con respecto al interés de uno o unos. 

Pero volvamos al punto: ese Estado, que debe proteger los intereses de todos, debe estar limitado en el ejercicio de su poder. De lo contrario resultará que se pondrán en riesgo la Libertad y la Propiedad de los individuos, y quienes se encuentren en posiciones favorecidas se aprovecharán de ello para beneficiarse a sí mismos. Concepto este último que se asemeja mucho al de "corrupción"; y que, debemos notar, existe en todos los Estados del mundo, grandes o pequeños, en mayor o menor medida. Pero notemos, además, que la corrupción no va en contra de aquella naturaleza libre del ser humano de la que hablábamos antes: el hombre busca satisfacer sus necesidades (lo que da origen a la Propiedad), y para hacerlo se aprovecha de las ventajas que le son otorgadas. Si le es otorgada la capacidad de imponer su voluntad sobre la de los demás, es probable que buscará obtener un privilegio para sí. Por otro lado, si se le limita, si se le encarga realizar una tarea predeterminada, con límites definidos y garantizados, con "pesos y contrapesos", muy difícilmente podrá aprovecharse de su posición privilegiada. El verdadero asunto no recae sobre si querrá hacerlo o no: se trata de que, sencillamente, no podrá. 

Detengámonos un momento a pensar. ¿Un suizo, un finlandés, un noruego no utilizaría sus privilegios para beneficiarse a sí mismo si no existiesen consecuencias por hacerlo? Probablemente sí. ¿Un sueco se abstendría de ejercer a su favor un poder ilimitado? Probablemente no. Pero vayamos aún más allá: supongamos que un suizo, un finlandés, un noruego o un sueco no se aprovecharían de esta situación para usarla en su propio beneficio. ¿Estaríamos tranquilos sabiendo que nuestra Libertad y nuestra Propiedad están sujetas a su voluntad? Sabiendo que, aunque probablemente no lo harán, pueden hacerlo si eso quieren y que no existirá forma alguna de limitarlos. 

Viéndolo de esa manera, resulta sencillo conocer el verdadero problema: la vaga o incluso inexistente limitación del poder, tanto en su determinación como en su garantía. La utilización de aparentes mecanismos de separación del poder. La implementación de normas que en apariencia regulan de manera general y abstracta, pero realmente legitiman deseos e intereses de un grupo. Y lo anterior, sin duda alguna, conduce inevitablemente a que nuestro Estado sea un Estado de voluntad y no de leyes. En tal Estado de voluntad,  para que sea protegida nuestra Libertad, requerimos de personas que, al hallarse investidos con un poder deficientemente limitado, no quieran aprovecharse de ello en detrimento de nuestros intereses individuales, a pesar de que puedan. Para que el Estado cumpla sus fines necesitamos de un gobernante justo

Entendido el problema puede entenderse la solución: limitar eficientemente ese poder ilimitado. Valerse de todos los mecanismos que ofrece nuestra filosofía moderna, nuestra ciencia del Derecho y especialmente la doctrina del constitucionalismo, y poner límites reales. Lograr que quienes representan al Estado no puedan aprovecharse de ello, sin importar que quieran o no quieran hacerlo. No necesitamos de un gobernante justo, pues la justicia será impuesta sobre él si no cumple con sus tareas. Por el contrario, en el Estado cuyo poder está limitado, para que cumpla sus fines, necesitamos un gobernante eficiente que sea capaz de cumplir con sus tareas.  

Logremos esto y veremos perecer tal "cultura venezolana" a la que hemos atribuido todos nuestros males. Veremos que no se trata de naturaleza o determinismo regional. Logremos esto y habremos conseguido lo que la voluntad de hombres no ha podido darnos en más de dos siglos. Logremos esto y tendremos un Estado de leyes y no de voluntad. 

Comprenderlo es el primer paso. 

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